“La gran apuesta”, una verdad incómoda

Crítica publicada en Revista Insertos.

lagranapuesta

Que se utilice en la explicación de conceptos financieros a Margot Robbie, catapultada al estrellato cinematográfico hollywoodiense tras no dejar nada a la imaginación en El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2013), es en sí algo insólito. Pero si encima la actriz está metida en una bañera llena de espuma y sosteniendo una copa de champagne con su mejor pose, la cosa se vuelve excéntrica a más no poder. Y la excentricidad es un riesgo que puede acabar en tragedia. Aunque no hace falta recordarle esto al cineasta estadounidense Adam McKay, artífice de diversas comedias del absurdo protagonizadas por Will Ferrell (El reportero, Pasado de vueltas,Hermanos por pelotas) en las que se aprovechaba el inigualable humor norteamericano de la marca Apatow, que ejerció de productor de todas ellas menos del film que nos atañe en este texto.

Y es que es innegable que en La gran apuesta McKay ha dado un salto a la seriedad, sin abandonar, eso sí, su puesta en escena electrizante y sus toques cómicos irrenunciables. Quizás esta seriedad tenga su origen en que es una adaptación del libro del mismo título escrito por Michael Lewis, que relata con detalle el auge y caída de la burbuja inmobiliaria estadounidense, la causante de la crisis económica mundial, desde una perspectiva muy particular: la de aquellos que, previendo el desastre, decidieron lucrarse de la ineptitud de los bancos. Es un crónica aterradora, un thrilleren toda regla sobre el derrumbe de un sistema económico basado en el fraude y la codicia, pero alejada del clasicismo formal de historias hermanas como Margin call (J.C. Chandor, 2011) y más cercana a la desvergüenza del último film de Scorsese mencionado al principio.

La gran apuesta tiene tres líneas argumentales distintas con un objetivo común. Desde un genio algo desaliñado (y mentalmente desequilibrado) encarnado por Christian Bale, hasta un pequeño grupo de inversores de Wall Street encabezado por Steve Carrell y movidos por la oferta revolucionaria de Ryan Gosling, pasando por una pareja de compañeros, jóvenes y excesivamente entusiastas, aconsejados por un espiritual Brad Pitt. Todos ellos con la visión de apostar contra la banca y sus productos basura. Un casting de lujo y sin atisbo de duda en sus interpretaciones, en las que tan pronto hablan a cámara contando sus pensamientos como estallan en un vibrante y apocalíptico discurso sobre la economía mundial.

McKay ha compuesto una bella antítesis entre lo fascinante de la apuesta de sus protagonistas y la consciencia de las consecuencias que todo en su conjunto ha tenido. Y que hemos visto en nuestra realidad más cercana. El carácter pedagógico del que hace gala permite no desconectar del film en una nube de conceptos incomprensibles, cuyo significado de pronto se vuelve nítido. El montaje (que en su arriesgada forma ha conseguido una nominación al Oscar) es un gran apoyo para este entendimiento mutuo entre película y espectador.

Y con todo, nos quedamos con una frase que preside una de las tres partes de La gran apuesta y que, según apuntan, pronunció alguien anónimo en algún bar desconocido. Una sentencia que resume con acidez la reflexión en que acaba todo conflicto social: “La verdad es como la poesía. Y a nadie le gusta la jodida poesía”.

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