“Joy”, madre coraje

Crítica publicada en Revista Insertos.

JOY

Cuanto más avanza la filmografía del norteamericano David O. Russell, desde su subversiva ópera prima, Spanking the monkey (1994) hasta sus más edulcoradas y esteticistas El lado bueno de las cosas (2012) y La gran estafa americana (2013), más nos damos cuenta de que todos y cada uno de sus personajes están condenados a la demencia. Y sus películas, a la transversalidad de su sutil surrealismo, que sale por los poros de cada una de las escenas. Ahora bien, ¿quién puede acusar a Russell de poco realista?  Aunque la verosimilitud es un valor en determinadas historias, incluso el único interés real en otras, y pese a ser esta una historia “basada en hechos reales”, en el específico mundo de Russell lo importante es que tanto personajes como su desarrollo son realistas en el propio ecosistema de la película, y no en comparación con otros escenarios. Es decir, que viven en su propio universo cuyas reglas hay que aceptar como espectador.

Explicado así, parece que Joy es una complejidad donde las haya. No es así. O no más que en otras de sus películas anteriores. De hecho, la simplicidad de su historia (y del invento que su protagonista lleva a cabo) se complementa a la perfección con la profundidad del personaje interpretado por una magnética Jennifer Lawrence, que acapara la pantalla en cada secuencia. Joy (que paradójicamente comparte nombre con la Alegría de Del revés, una de las obras maestras del recientemente pasado año) dista mucho de tener una vida feliz. Se lo impiden unos padres que la arrastran una y otra vez a su vorágine de problemas y que la han convertido poco a poco en su propio reflejo. Pero Joy siempre recuerda las palabras de su abuela, que quería que su nieta fuera una mujer fuerte, lista e independiente. Y con un marido, claro, aunque ese es un detalle que ella misma durante su niñez sentenció magistralmente: “No necesito príncipes”. Y también tomará de su abuela ese sueño, el American Dream, de ascender en la escala social. Pero la realidad cae por su propio peso. Llegando a sus treinta divorciada, con dos hijos, una madre casi catatónica inmersa en una sesión maratoniana de una telenovela, un padre solo presente en momentos de conveniencia y una hermanastra deseosa de declararle la guerra en cualquier momento, Joy buscará el éxito del que las circunstancias siempre le han privado. Como una especie de Cenicienta emancipada, no con zapatos de cristal, sino con grandes ideas en su cabeza. Es quizás este carácter feminista, que acertadamente huye de la comedia romántica, lo que más destaca en un film de corte convencional.

Y es que pese a ciertos momentos de lucidez (tanto cómicos como dramáticos), la película no acaba de cohesionar como debiera. Russell no sabe por momentos mantener el ritmo, y acaba con un montaje irregular que, pese a conservar siempre su marcado estilo propio, parece querer adoptar diversas líneas diferentes que nada tienen que ver, esto es, una mezcla entre biopic al uso, comedia del absurdo y drama basado en hechos reales de corte prefabricado.

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