“La calle de la amargura”, la ciudad de los horrores

Crítica publicada en Insertos Cine

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En El coronel no tiene quien le escriba (1999), adaptación cinematográfica de la novela corta de Gabriel García Márquez, el cineasta mexicano Arturo Ripstein empezaba con una imagen dentro de un espejo. En aquella ocasión, Marisa Paredes miraba desde la cama de una destartalada habitación cómo su marido se preparaba minuciosamente para ir a recoger una pensión que nunca llegaría. Un retrato que rozaba el patetismo.

En La calle de la amargura, último film del director, la presencia de los espejos es incesante y perturbadora. Sus personajes se reflejan en ellos de formas casuales, a veces casi imperceptibles para la mirada del espectador, y sin embargo ahí están, imponentes, queriendo gritarnos que la propia película es, en sí misma, un reflejo. Con espejos o sin ellos, muchas de las otras obras que con anterioridad han compartido Ripstein y Paz Alicia Garciadiego, guionista y mujer del director, son elaborados retratos de un pueblo: el mexicano. Es en una de ellas, la que marcó un cambio de estilo, La perdición de los hombres (2000), ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, donde se ven más claramente quince años después los paralelismos con este nuevo film. El blanco y negro “sucio”, el lenguaje ordinario de la calle, la miseria de las clases bajas y la falta de moralidad de los personajes son aspectos que se repiten, con diferentes contextos y situaciones, en el cine de Ripstein.

Basada en un hecho real que conmocionó México, La calle de la amargura narra el asesinato de dos luchadores gemelos enanos, famosos por ser las versiones en miniatura de dos luchadores de wrestling. Fueron encontrados en un hotelucho, desnudos, uno junto al otro. Juntos llegaron y juntos se fueron, como se comenta en algún momento del film. En sus bebidas habían puesto gotas para los ojos, pero, irónicamente, lo que para una persona de estatura media hubiera sido un plácido sueño mientras sus pertenencias eran robadas, para los “mini-luchadores” supuso la muerte.

La elección de este hecho como base para la construcción del film es, cuanto menos, reveladora. O, mejor dicho, inquietante. El humor negro y la intensidad de los diálogos de Garciadiego se funden una vez más con la característica puesta en escena de Ripstein, en la que se reúne todo lo que la sociedad prefiere apartar: prostitución, homosexualidad, adolescentes conflictivos, enanismo… Todos ellos, de posición social por los suelos y apariencias alejadas de lo convencional, son protagonistas en un relato muy buñueliano que pretende radiografiar la sociedad mexicana en un universo que parece sacado de la más pura ficción. Y es que si algo tienen las obras de esta pareja mexicana es la capacidad para llevárselo todo a su terreno, un lugar sorprendentemente encajado entre lo real y lo surrealista, para acabar siendo un esperpento bastante próximo a lo que uno se puede encontrar en las calles de México DF.

Ripstein sigue fiel a sus formas (el fundido a negro como transición entre las escenas, los planos de larga duración y movimiento serpenteante…) para conformar un film, en todos los aspectos, muy suyo. Donde llevar a una anciana catatónica en carretilla para ponerla en medio de la calle a pedir limosna o descubrir a tu marido liándose con un chico joven vistiendo tus ropas de prostituta son objeto de carcajada. Porque la mirada de Ripstein, y , por ende, la de Garciadiego, es la de quien puede mirar a la realidad a través de un espejo y decirnos, con toda claridad, que el mundo está podrido.

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