“Rams (El valle de los carneros)”, dos hombres y un rebaño

Crítica publicada en Insertos Cine

RAMS - FOTO 3 (Alta)

¿Qué estará pasando en Islandia? Primero con De caballos y hombres (Benedikt Erlingsson, 2013), Premio Nuevos Realizadores en el Festival de San Sebastián de 2013, después la conquista de la Concha de Oro de este año en este mismo certamen con Sparrows (Rúnar Rúnarsson, 2015) y ahora, ganadora de la SEMINCI, donde fue también Premio Joven, y además Mejor Película de la sección Une certain regard del pasado Festival de Cannes, llega Rams (El valle de los carneros). ¿Qué estará pasando en los gélidos parajes islandeses para cosechar tantos y tan buenos reconocimientos a nivel internacional?

Lo cierto es que todas ellas muestran de forma apabullante la grandiosidad de los paisajes y una superficial frialdad que quiere ser rasgada hasta sus últimas consecuencias para mostrar pequeñas historias con grandes reflexiones. Quizás sea la de Erlingsson la que más se comunica con Rams, dirigida por Grímur Hákonarson. Ambas utilizan a los animales como un reflejo de los mismos personajes, incluso del propio ser humano, pero también como una vía de comunicación con lo primigenio, de la vida y de las emociones, aderezado con unos inmensos páramos de nieve y montañas que convierten a las personas en participantes indefensos.

Si hay algo que reina en Rams es el silencio de su protagonista, que expresa sus emociones a través de su relación con las ovejas y, sobre todo, con el carnero, el semental. Quizás el que más se parece a su hermano, con el que no se habla desde hace décadas y que es, además, su vecino. Ambos viven en un amplio valle en la gélida Islandia, ambos cuidando carneros que después serán objeto de competición en el certamen local, hasta que un día se descubra que las ovejas están infectadas y, según los profesionales del valle, han de ser sacrificadas. Y hasta ahí el planteamiento inicial de una película que le cuesta encauzar su verdadero carácter, pero que cuando lo consigue se convierte en un maravilloso drama con toques de humor (muy islandés) donde salvar la dinastía de las ovejas y carneros familiares será una cuestión de vida o muerte.

Las razones del fulminante enamoramiento de las masas críticas y festivaleras con Rams son evidentes. Una imagen potente, una fotografía exquisita, una historia familiar agridulce y un final que supera con creces todo lo anterior y que alcanza el apogeo del significado del silencio que prodiga toda la película. Además, ¿quién podría resistirse a tales veteranos actores islandeses que, ataviados de gruesos jerséis navideños o desnudos como Dios los trajo al mundo, desbordan talento a raudales? Hákonarson ha sabido alinear bien los astros en este film para seguir la estela de cine islandés de la que hablábamos al principio, donde esa isla teñida de blanco parece ser un refugio para las influencias exteriores, incluso una barrera contra la modernidad, en una refinada muestra de rústica elegancia.

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