‘El renacido’, tierra y sangre

El Renacido (The Revenant)_4_w2.0_65La última película de Alejandro G. Iñárritu es un auténtico artefacto fílmico. Su historia poco más tiene que añadir a unos hechos reales que ya llevó al cine en 1971 Richard C. Sarafian, en El hombre de una tierra salvaje. Y más concretamente está explicada en el libro en el que directamente está inspirada la película del mexicano, escrito por el norteamericano Michael Punke. La odisea de un trampero de principios del siglo XIX que, tras quedar gravemente herido por su enfrentamiento con un oso, es abandonado por sus compañeros al ver que sus posibilidades de supervivencia son prácticamente nulas. La venganza es el motor que mueve El renacido, un espectáculo para la vista sobre un relato, el de Hugh Glass, que parece que nunca dejará de sorprender en la gran pantalla.

Decíamos que este film es un artefacto fílmico. Lo es porque su técnica es incuestionable, sus recursos ilimitados y tiene el gusto de erigirse como una aventura de emoción constante. La primera escena ya es toda una declaración de intenciones que nos hace recordar al espectacular desembarco de Normandía retratado por Spielberg en Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998): un golpe sobre la mesa en los primeros minutos de un film para marcar el nivel de toda una producción. La sangre, la tierra, la muerte y el horror se combinan en este primer encuentro en una batalla campal entre nativos americanos y recolectores civilizados de pieles. Una disputa que nos marca la tónica de todo su recorrido, en el que un juego del gato y el ratón entre los llamados Aikara y el grupo liderado por un demacrado Domhnall Gleeson e integrado por un Tom Hardy en estado de gracia constante. 

El tercero en desgracia es el protagonista de El renacido, Leonardo DiCaprio. ¿Qué más tendrá que hacer para llevarse el Oscar a Mejor Actor? Desde luego, nadie puede negarle que en este film lo da absolutamente todo. Tras las primeras escenas, DiCaprio se convierte en la película en sí misma. Y su venganza es la de todos.

El renacido se marca objetivos muy concretos, y los alcanza todos. Dejando a un lado la sobrada grandilocuencia con la que el director de Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) aborda cualquiera de sus producciones, es innegable que con este último film encaja, pues la historia y sus consecuencias sólo habrían podido entenderse desde las dramática puesta en escena que plantea. Una imprescindible para los próximos Oscar. 

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