“Ex Machina”, palacio de metal

La inquietante atmósfera que Ex Machina construye desde su mismo inicio, y que mantiene de forma brillante a lo largo de todo su desarrollo, es imprescindible para dejar un puñado de preguntas sobre la mesa. Aunque, y quizás sea su mayor logro, lanza esas cuestiones en muchas y diferentes direcciones: ¿qué define al ser humano? ¿Qué nos diferencia de las máquinas? ¿Es posible que éstas lleguen a ser nuestra sustitución? 

Ava (Alicia Vikander) es el primer robot susceptible de tener inteligencia propia, aunque ese es un título que aún ha de ganarse. Y nada mejor para ello que el Test de Alan Turing (aunque con pequeños cambios), en el que un humano conversa con la máquina y ha de decidir si sus palabras desprenden inteligencia real, comparable a la humana, y no una simple imitación. Este prototipo con forma de mujer runner, creado por un genio multimillonario enclaustrado en su mansión en medio de la naturaleza, vive en una prisión de cristal en el sótano de ese gran palacio. Como una pequeña Perséfone, que espera. Ella es la reina de ese inframundo que el personaje de un Oscar Isaac en estado de gracia (y de demencia) ha construido para ser el más grande de todos los genios. Y donde Caleb (Domhnall Gleeson), un empleado de su empresa seleccionado para ser durante una semana el sujeto humano del Test de Turing, será la prueba de fuego.

Ex Machina es un relato escalofriante, tintado de electrizantes colores fríos, que por momentos recuerda a las más turbias escenas de cuentos como el de Barba Azul, que colgaba los cadáveres de sus esposas en una habitación de una mansión llena de puertas cerradas. Un símil sin duda acertado en lo que la figura del personaje de Isaac se refiere, aunque no completamente redondo, pues el sujeto femenino de la historia es sin duda el mayor de los misterios en esta historia de ciencia ficción. 

En una de las escenas del film, Caleb le cuenta a Ava que la experiencia del ojo humano ante los colores puede ser una de las claves que diferencia a una persona de una máquina. Sentir torbellinos de sensaciones ante la exposición del color. Quizás eso responda a una de las preguntas del principio. O quizás, como la película en sí misma, no responda a nada en absoluto. 

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