“Una pastelería en Tokio”, el dulce dorayaki

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A nadie se le escapa que actualmente, dentro y fuera de los círculos occidentales más radicales de admiración de la cultura japonesa, existe un cierto culto a su comida. Pero no somos los únicos. Para los propios japoneses, la representación de la comida en el cine es algo muy vistoso y desde luego, apetecible. Quizás no sea el caso más realista, pero es innegable el buen ver de las verduras y comidas varias dibujadas en el film Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1981), con quien precisamente la película que nos ocupa tiene muchas líneas en común. En cualquier caso, la comida en Japón, y probablemente en todas partes, en un proceso de unión, de conexión entre generaciones, personalidades y culturas. Y si encima dirige Naomi Kawase (Aguas tranquilas, Nanayo), una maestra de la conexión de la persona con el entorno a través de los sentidos, podemos obtener una dulce pieza de sensibilidades como es Una pastelería en Tokio.

El último film de la directora japonesa cuenta la historia de tres personas, de generaciones distintas, que buscan su lugar en el mundo. La adolescente con carencias de afecto familiar, el hombre adulto con un trabajo que no le apasiona y deudas que pagar, y una adorable anciana cuyo último deseo es conectar con la gente, algo que se le privó cuando de joven fue puesta en cuarentena por una enfermedad. Los caminos de estos tres extraños se cruzarán en una tienda de dorayakis (sí, los que comía a pares Doraemon) y entenderán el significado de aquellas cosas que les faltaban en sus respectivas vidas. Basada en la novela An, escrita por Durian Sukegawa, este film busca ser un soplo de aire fresco en un entorno hostil, y crear un bote salvavidas para tres almas heridas en un espacio rodeado por cerezos en flor, otro elemento muy característico japonés. 

La relación que establece Kawase entre los personajes y la naturaleza de su entorno se asemeja en su esencia al mejor Hayao Miyazaki de Mi vecino Totoro, que ya citábamos hace un momento. Y no sólo eso. También la ternura de sus personalidades y el buenismo que envuelve toda la historia, de amor, amistad, aprendizaje y solidaridad, es una máxima en el cine de Miyazaki y también en esta adorable pastelería que parece encontrar en la comida el secreto de la felicidad. Destaca en su realización un gusto por los planos detalle, en aquellos momentos en que el viento agita el cabello de una adolescente o cuando unas manos repletas de arrugas remueven con cariño una olla llena de judías azucaradas. Esas minucias, los pequeños detalles del día a día, cobran importancia en la pantalla de forma sensible y cuidada.

Naomi Kawase compone un relato tan dulce como los dorayakis que cocinan sus personajes. Aunque quizás se le ha ido la mano con el azúcar, Una pastelería en Tokio es un pozo de ternura y sensibilidad, que si bien constituye lo más flojo (y accesible) de Kawase, merece un reconocimiento por su inagotable fe en el ser humano. 

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