“Corazón silencioso”, la cuenta atrás

Crítica publicada en Insertos Cine.

“La gente huye de la muerte como del mayor de los males y la reclama otras veces como descanso de los males de su vida”, decía el filósofo Epicuro en su Carta a Meneceo. El sentimiento agridulce al que alude el pensador griego sigue suscitando las más altas reflexiones, apelando en especial a aquellos momentos en que la muerte voluntaria parece (o realmente es) la opción más acertada. Es inevitable, ante estas ideas, pensar en el film español Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004), donde Ramón Sampedro (Javier Bardem) reclamaba su derecho a morir dignamente, generando una aterradora imagen en la que parece que la vida que tenemos no nos pertenece llegado el momento de querer abandonarla. 

Todo esto se nos viene a la cabeza al ver Corazón silencioso, el film que ha vuelto a afianzar al director danés Bille August en el pedestal del que parecía estar cayendo después de unos años de obras fallidas. Quien fuera ganador de dos Palmas de Oro en Cannes por Las mejores intenciones (1992) y Pelle el Conquistador (1987), además de dos Oscars por esta última, vuelve con un drama familiar (etiqueta que le queda pequeña) sobre los secretos, las tensiones parentales y la muerte. August recupera su garra con sincera naturalidad y apunta directamente, y con pretendido y desgarrador dramatismo, a las sensibilidades ineludibles ante la muerte de un ser querido. 

Con una intensidad que hizo derramar lágrimas en su presentación en la pasada edición del Festival de San Sebastián, Corazón silencioso se construye como una carrera a contrarreloj.  Las hermanas Sanne (Danica Curcic) y Heidi (Paprika Steen) acuden al fin de semana familiar convocado por su madre, quien sufre de una enfermedad terminal. Antes de que su cuerpo quede paralizado por completo, Esther (Ghita Norby) decide quitarse la vida al finalizar la semana. No es una decisión inesperada, sino que se tomó meses atrás y todo el núcleo familiar mostró, con pesar, su aceptación. No obstante, esos tres días no serán tan fáciles de asumir y la tensión irá en un dramático crescendo donde las emociones a flor de piel y los reproches del pasado serán inevitables en cada encuentro. Las hermanas representan dos posiciones ante la muerte, que poco a poco se difuminan y se intercambian, en un tono similar, aunque no tan extremo, a las de Melancolía (Lars von Trier, 2011). Una desde el egoísmo de conservar a su madre con vida a cualquier precio y la otra habiendo asumido las circunstancias protagonizarán los encuentros más duros y sus reacciones acabarán por ser tan complejas como la propia cuestión de la eutanasia, de la que se lanzan preguntas pero no respuestas. 

August sabe bien lo que se hace. En una de las escenas del film, la conversación entre el grupo va acompañada de una dulce música de piano de fondo. Justo antes de que una copa caiga al suelo y provoque la exaltación de los presentes, el piano ha desaparecido y todo lo que quedaba en ese momento era el silencio. El mismo método que en una película de terror, ese silencio abrumador que anuncia que algo malo, un susto probablemente, está por llegar. Esos trucos, junto con la obsesión inagotable de enseñar relojes, y el correspondiente ruido del segundero, van tejiendo una presión sobre los personajes y el ambiente que palpita en cada escena. Aunque a veces peque de lágrima fácil, que no poco realista, Corazón silencioso nos muestra la muerte de una forma terrorífica, que es ni más ni menos que la de tener que aceptarla y abrazarla. 

Como apuntábamos, y pese a hacer referencias a la ilegalidad de la eutanasia en varias ocasiones, el film no busca un debate moral sobre el tema sino ser el puente a una reflexión mucho mayor sobre la finitud de la vida. Como bien resume la madre en una de las escenas del film: “parece que tienes todo el tiempo del mundo y de repente no tienes nada”. 

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