“Ghadi”, lo invisible a los ojos

Crítica publicada en Insertos de Cine

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En el octavo episodio de la novena temporada de Los Simpson, Lisa, la escéptica, el pueblo de Springfield descubre el esqueleto de lo que parece ser un ángel. Todos los vecinos se vuelcan a rezar plegarias a ese trozo de roca excepto Lisa, que quiere creer que la ciencia está por encima de los milagros. Llegados al punto en que se desvela el engaño, que aquel asunto del ángel solo era un truco publicitario para un nuevo centro comercial, la gente del pueblo corre a ver qué ofrecen en esa nueva distracción, sin más preocupación por su ingenuidad. La aceptación de las mentiras programadas es uno de los rasgos más característicos de nuestra sociedad de hoy, que antepone el beneficio a la fe (aunque los complementa a la perfección).

Si en este famoso capítulo de Los Simpson, como en la mayoría de ellos, se respira un duro juicio a la beatería, la película libanesa Ghadi utiliza un nuevo enfoque, más humanista, para una historia con trazos comunes al episodio escrito por David. S. Cohen. Sin abandonar la crítica social pero con un toque naif, este pequeño film dirigido por Amin Dora explica a modo de memorias la historia de Leba (Georges Khabbaz), profesor de piano que vive en un barrio donde los chismorreos en voz alta son aceptados, pero la música de Mozart no. A pesar de ejercer de narrador, no será él la pieza más importante, sino su hijo Ghadi (Emmanuel Khairallah), que nace con Síndrome de Down. En un barrio poco tolerante con lo diferente, y paranoicos con la presencia del demonio en los gritos del niño, buscarán la manera de echarlo de la zona. Es curiosa la superposición de ideas que el director Amin Dora plantea en este momento, ya que son dos las quejas que los vecinos quieren llevar al Ayuntamiento: el niño enfermo cuya presencia diaria en el balcón de su casa les causa molestias y el agua sucia de las alcantarillas que está saliendo desbordada hacia el exterior con fuertes e inaguantables olores. Sutil metáfora para hablarnos de la hipocresía social, en la que todo lo que no encaja debe ser invisible a los ojos. Es la triste demostración de que a la sociedad no le gusta que las incomodidades salgan a la luz, que solo aceptan su existencia de puertas hacia adentro, lo que conforma una aguda crítica de Dora a la población tradicionalista libanesa

Más allá de esto, que más que juicio agresivo acaba derivando en una caricatura grotesca de un grupo de personajes estereotipados, Ghadi sorprende por su estructura de fábula con moraleja, que pese a pecar de inocente encuentra su propio encanto entre los asuntos intrascendentes. Y es que Leba, incapaz de abandonar a su hijo, reunirá un grupo de marginales muy ilustrativos de la metáfora anterior (el homosexual, el negro y el tonto del pueblo) que se unirán para salvarlo del destierro social. Su empresa resulta por momentos ridícula, incluso sacada de un par de programas del Diario de Patricia, dedicada a cumplir los sueños y expectativas de los vecinos, a los que hacen creer que Ghadi es un ángel capaz de hacerlos realidad. Un engaño pueril para aquellos dispuestos a rezarle a una tubería para seguir sus propios intereses.

Ghadi tiene ese aire de cuento, de los que empiezan con un érase una vez y acaban comiendo perdices. Las diferencias culturales entre El Líbano y países más occidentales como España quizás influyan en la verosimilitud de una película como esta. La ingenuidad, la tradición religiosa e incluso la creencia en los milagros no han trascendido tanto en nuestra cultura actual (al menos no adoptando esta forma angelical). Aun así, los destellos de humanidad son siempre un soplo de aire fresco en las carteleras españolas. 

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