AFF’15 | “Todo parecía perfecto”, sueños en construcción

Escena de 'Todo parecía perfecto' | cinemadautor.cat
Escena de ‘Todo parecía perfecto’ | cinemadautor.cat

Decía el filósofo Slavoj Žižek en su Guía ideológica para pervertidos (2012) que todos “somos responsables de nuestros sueños”. Del mismo modo que en el cine, otra reconocible fábrica de sueños, los construimos y moldeamos a nuestro antojo, y no siempre de forma consciente. A la protagonista de Todo parecía perfecto, ópera prima de Alejo Levis,  también le inquietan estos procesos humanos. En una de las escenas del film, explica que está escribiendo un libro sobre “cómo manipulamos nuestros recuerdos para que sean como queremos”. Y es que el film va de eso: de montar y desmontar, de hacernos creer que lo que vemos es algo más que un viaje onírico a través de las vidas de una pareja con demasiadas

Lo que parece convertirse poco a poco en una feel-good movie amorosa al estilo de 500 días juntos, acaba derivando en una historia compleja con infinitas referencias al tiempo – presente, pasado y futuro – pero que no pierde su carácter de comedia romántica preciosista y nada complaciente. Sin apenas advertirlo se difuminan las barreras entre la realidad y los sueños, de forma que el viaje se torna más mágico y menos comprensible. Pero si hay algo que Alejo Levis se propone (y consigue) es captar la atención del espectador. Desde los primeros minutos, con esa apelación directa a las miradas y el juego óptico que propone, hasta el montaje casi teatral que organiza el protagonista intentando reproducir al detalle uno de sus sueños en un bar de carretera, Todo parecía perfecto apuesta por la búsqueda del modesto espectáculo visual. Si bien es cierto que este brillante golpe en el inicio se deshincha lentamente conforme avanza la película, el ejercicio de Levis destaca por arriesgado y original. 

En Todo parecía perfecto, una de las pequeñas joyas ocultas de esta edición del Atlántida Film Fest, sorprende con su juego de mentiras y verdades, de percepciones cambiantes en un espacio-tiempo completamente deformado, y por momentos incomprensible. Ahora bien, acabaremos remitiéndonos a las oportunas palabras que el director guarda para la dedicatoria final del film: “A mi madre, que me enseñó a no querer entenderlo todo”. 

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