“Timbuktu”, desmontando el dogma

Escena de Timbuktu| fr.globalvoicesonline.org
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El primer minuto de Timbuktu transcurre en un silencio total. Del ensimismamiento de la ausencia de sonido y la imagen de un ciervo correteando por la arena nos sacan los disparos estruendosos de varias ametralladoras que sin ningún tipo de control disparan sus dueños. Rota la pureza del primer momento, Timbuktu se convierte en un relato que mezcla realidad, denuncia y poesía, y del que se desprende la pesada carga que llevan los habitantes de la pequeña ciudad de Tombuctú, en Mali. El director del film, Abderrahmane Sissako, originario de Mauritania, firma una película donde los personajes se ven en un pozo sin salida, coaccionados por una violencia que dice actuar en nombre de la ley islámica y que se ha instalado con un gobierno militar yihadista.

Sissako juega a dos bandas. Por un lado va desmontando este régimen instalado en Tombuctú, como si de un castillo de naipes se tratase. Los pone frente a sus propias normas – algunas de ellas rozan la ridiculez, como la prohibición de tocar música – y los expone a las contradicciones que alberga todo mandato intransigente que se precie. Es el caso, por ejemplo, de la prohibición de jugar al fútbol, mientras que entre ellos discuten apasionadamente sobre si Leo Messi es el mejor jugador del mundo. Aunque envueltos en esa aura de mandato decimonónico,  los militares yihadistas de Timbuktu usan teléfonos táctiles. Lo que parece más un error de anacronismos que no una realidad verosímil nos recuerda que lo que vemos está pasando ahora, mientras cogemos el autobús o vemos la televisión un domingo a la tarde, algo que si a estas alturas no nos conmociona se tendría que reflexionar. En este sentido, el director incide sobre todo en el papel de la mujer y su progresivo recorte de libertades, tanto en su vida sentimental y social como en su derecho a mostrar la piel en público.

Por otro lado, el hilo conductor que acabará por apoderarse del protagonismo del film es una pareja que vive alejada de la ciudad con su hija de doce años. Entre los grandes espacios desérticos que Sissako enseña con amplios planos y hermosas composiciones de luces y reflejos, esta familia parece vivir en un oasis donde no llegan las estrictas normas que se han impuesto en la población. Pero pronto descubrirán que los oasis pueden ser producto de espejismos, y que la implacable “ley islámica” siempre les ha estado acechando. ¿Puede una película ambientada en países azotados por la intransigencia islamista no ser reivindicativa? Difícilmente. Sería frívolo intentar despegarse de una realidad que los oprime. Timbuktu contiene un mensaje de denuncia, aunque no tan explícito como la etíope Difret (Zeresenay Mehari, 2014), compañera en la pasada edición del Festival de San Sebastián. Sissako aboga más por la poética de las imágenes, preciosas composiciones de un paisaje inigualable que a través de sus componentes (burros cargando cantidades ingentes de paja, vacas correteando por la arena, los matices cromáticos de un atardecer en el lago) se adivinan metáforas que van más allá de la historia o las reivindicaciones del film.

Si hay algo que en Timbuktu brilla y conmueve son las miradas, de una intensidad abrumadora. Aquellas que vemos a través de la franja que dejan visible los pañuelos que cubren las cabezas de los yihadistas. En ellas se ve lo que el film busca: la penitencia, la duda, la compasión. El cuestionamiento, interno y externo, de las lecturas e interpretaciones de un dogma.

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