D’A | Día 2: Anatomía de la huida

Tras la exitosa inauguración de la mano de Bertrand Bonello y su versión de la figura de Saint Laurent, el Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona continúa con su programación del mejor cine independiente del momento.

Huir de la realidad, de las ataduras del dinero o de un vida que no satisface lo suficiente son temas muy presentes en el cine contemporáneo. La necesidad de salir de la rutina capitalista y tener algo en lo que creer en un contexto de individualismo extremo lleva a la pantalla las preocupaciones, sentimientos y reflexiones de una realidad social asfixiante. De una u otra manera, los tres films que el D’A nos dejó en su segundo día hablan de este punto de inflexión entre lo que somos y lo que queremos ser.

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Der Geldkomplex (El complejo del dinero), o cómo echar el arroz en la paella

Aunque su director, Juan Rodrigáñez, apuntaba que no pretendía que fuese un espejo de la crisis económica española, Der Geldkomplex (El complejo del dinero) recuerda inevitablemente a una sociedad devastada por la falta de expectativas y la inactividad laboral. En una finca aparentemente alejada de todo núcleo social, un grupo de amigos formado por los dueños del lugar y unas invitadas extranjeras pasarán el rato hablando, comiendo o simplemente tumbados bajo la sombra de los árboles. A lo largo de este retato costumbrista, los personajes casi parecen mimetizarse con el paisaje rural, totalmente desprovistos de personalidad y, sobre todo, de ambición. Algunos querrán huir de allí, otros seguir picando la tierra para dejar pasar los días, y otros, simplemente, quedarse quietos como el retrato de la mujer que cuelga de la pared del salón de la casa. El complejo del dinero nos dibuja, a través del humor y de los gestos propios de la idiosincrasia española, una caricatura del estado de marginalidad social de un grupo de personas que bien podrían ser las que engrosan cada día las colas del INEM. Basada en una novela alemana de 1916, escrita por Franzisca von Reventlow, este film de toques delirantes crea un ambiente donde el dinero no es un factor de presión en las vidas de los protagonistas.

En conjunto, se aprecia una falta de unidad en toda la cinta, que bien podría casar con la idea de dejadez que presentan sus protagonistas. Un desorden ilógico que acompaña a escenas memorables, como la desternillante discusión sobre cómo echar arroz en una paella o la conversión momentánea de una mujer en gallina. Juan Rodrigáñez firma una película que llenó la sala en la pasada edición del Festival de Berlín, y que ha sorprendido a la crítica y, por descontado, a los espectadores.

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Güeros, en huelga de la huelga

En México, un güero (o güera) es una persona de tez blanca y cabellos rubios. No es una palabra como otra cualquiera, sino que se usa como descalificativo, incluso como elemento racista. De hecho, ser un güero en México parece ser casi una ofensa, aunque comúnmente se usa sobre cualquiera sin más para insultar. Los protagonistas del primer largometraje de Alonso Ruizpalacios no son rubios, pero viven -por voluntad propia- al margen de la sociedad. Son auténticos rebeldes sin causa que pasan los días intentando robar la luz de sus vecinos y peinándose solo en días especiales. Esa es la vida de Sombra y Santos, compañeros de piso, que un día se ven invadidos por la presencia de Tomás, hermano pequeño del primero, cuyas gamberradas han agotado la paciencia de su madre. A los tres les envuelve el rugido del movimiento estudiantil, la incógnita sobre la muerte de Epigmenio Cruz -leyenda del rock e ídolo de Tomás- y el fresco de la ciudad mexicana que se conforma durante el camino. Así empieza una película con toques de road movie, de coming of age, de comedia romántica adolescente, de documental e incluso por momentos de ejercicio de metacine. Una vorágine de géneros que determinan el carácter transversal de Güeros, una de las sorpresas latinoamericanas más laureadas del año.

Con un blanco y negro insertado en una pantalla de 1.37:1, la ópera prima de Ruizpalacios se basa en una cuidada fotografía que juega con las sombras y los claroscuros, y que nos marca con precisión a los protagonistas que, a diferencia de en su vida social, aquí son el eje que mueve el film. Las escenas de persecución, tensión y angustia se nutren de un montaje de sonido alocado y estruendoso, un elemento clave que transmite, como es el caso de los tambores que suenan durante las manifestaciones estudiantiles y que son también los que oímos cuando el Sombra sufre sus ataques de pánico. Y es que es aquí donde reside la encrucijada de los protagonistas, entre lo que deberían ser, lo que quieren y la pereza que les da serlo. Ser joven y no revolucionario es una contradicción, reza una de las pancartas que decora las paredes de la facultad tomada por los huelguistas universitarios, una frase bien enfocada y nada baladí.

Güeros es un retrato de tres jóvenes al borde del precipicio, pero que sin embargo se nos presenta con los toques cómicos inherentes en sus personalidades y su edad. Con la sombra de la degradación de las costumbres sociales que cambian la educación cultural por la adoración beata a Gran Hermano, estos (anti)rebeldes, que hacen huelga de la huelga, no son más que el reflejo de un generación que se cree perdida entre las calles convulsas de la ciudad de México DF.

Bird people, para volar en libertad

Bird people, para volar en libertad

La directora francesa Pascale Ferran firma esta película a caballo entre el drama existencial y la fantasía, que recoge las insatisfacciones vitales de un hombre en viaje de negocios y una encargada de la limpieza en un hotel. Ambos comparten las ganas de volar como pájaros, de liberarse de las visicitudes hastiosas de la vida diaria y vencer a ese enemigo constante que es nuestra propia zona de confort. La huida como solución se les presenta ideal, con la rabieta con la que el personaje de Bartleby (Bartleby, el escribiente, de Herman Melville) dejaba de hablar y socializar con el mundo.

Lo que podria ser un arreglo indie de esa comedia romántica de sábado por la tarde que era Sucedió en Manhattan, se convierte en un relato que sorprende, pero que no llega a despegar. Las líneas paralelas de los protagonistas, que terminan uniéndose en un final de lo más convencional, se cuentan con estilo depurado pero con regusto a superficialidad. Bird people tiene buenas ideas y buena mano, pero se mueve sobre la fina raya que separa algo excepcional de algo puramente anecdótico.

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