“Camino de la cruz” y el milagro del dogma

– Yo sé exactamente lo que quiero

– ¿Y qué quieres?

– Quiero ser de Dios

Escena de "Camino de la cruz" | Hollywood Reporter
Escena de “Camino de la cruz” | Hollywood Reporter

Catorce son los planos secuencia que componen la película alemana Camino de la cruz. Son catorce los pasos que separan a la protagonista de este via crucis particular del milagro de la fe, y que su director, Dietrich Brüggemann, disecciona en las etapas en las que Jesús fue condenado a la crucifixión. No es una fe católica alocada resurgida de los traumas de la guerra como en The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) ni una búsqueda personal alejada del convento como en Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), sino que este viaje personal de la niña protagonista nace de la desquiciante función del penitente y el santo, y sobre todo de la renuncia. María, de catorce años, se marca una meta: ofrecer a Dios su cuerpo y su alma para que su hermano de cuatro años, que presenta rasgos de autismo, se cure y diga sus primeras palabras. Esta es la cruz que carga sobre sus hombros durante las catorce etapas de la condena, catorce flashes que funcionan a modo de cuenta atrás y que va intensificando su trama y sus emociones, así como acortando su duración, para llegar al culmen del camino.

María y su familia pertenecen a la Hermandad de San Pablo, una sociedad en la que el catolicismo es llevado a su vertiente más tradicional y radical. En la primera escena del film, un joven cura alecciona a unos niños sobre sus líneas ideológicas, y ellos recitan las enseñanzas con presteza y sin titubear – sobre todo María. Esta niebla doctrinal no se irá nunca de la imagen de Camino de la cruz, que con un movimiento de cámara inusualmente pronunciado bajará hasta enfocar el suelo y lo conectará con el cielo gris y nublado en el que acaba el viaje del credo.  

Brüggemann huye de lo convencional y presenta una puesta en escena austera pero impactante. Con extremo detalle construye esta serie de planos secuencia, en su mayoría estáticos, que tienen la función de abrirnos un hueco por el que mirar las contradicciones en la empresa de María. Como unos intrusos observamos cómo se ve tentada a todo aquello que los jóvenes de su alrededor disfrutan, y cómo se castiga por si quiera haberlo pensado. La cruz que carga es pesada, pero el objetivo es claro, como lo fue según las escrituras bíblicas el de Jesús. Y es que el personaje de María se compara con él, con su fuerza y voluntad portando la ofrenda a Dios, que es su cuerpo y su alma. Ni la ciencia de los médicos, ni la insistencia de un chico de su edad al que le gusta, ni si quiera Bernadette, una au pair francesa que vive con ellos y a la que admira, serán capaces de turbar su fe. La distancia que la imagen da respecto a los personajes, que se mueven con libertad dentro del encuadre inmóvil, ayuda a ver las acciones con perspectiva y dota al relato de un desarrollo desintoxicado. Ganadora de la Espiga de Plata a la Mejor Película en la SEMINCI y Oso de Plata al Mejor Guion en el Festival de Berlín, Camino de la cruz crea un contenedor de dogma que camina titubeante entre la modernidad y el milagro religioso.

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