“El francotirador”, el falso juego de la ambigüedad

“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”

F. Scott Fitzgerald

Bradley Cooper en "El Francotirador" | Sensacine
Bradley Cooper en “El Francotirador” | Sensacine

En una casa cualquiera del estado de Texas, un padre alecciona a sus hijos sobre los roles que las personas toman en la vida. Su hijo menor luce un buen golpe en su ojo izquierdo, víctima de una agresión en la escuela de la que su hermano mayor, sentado a su lado en la mesa familiar con el pecho hinchado de orgullo, le ha rescatado. Esa es probablemente la primera vez que Chris Kyle se sintió un héroe.

La amenaza terrorista sobre Estados Unidos movilizó a muchos ciudadanos, que decidieron que la forma más efectiva de luchar por su país era personarse como militares en Iraq. Este es el caso de aquel niño, Chris Kyle, un cowboy de Texas en busca de una misión en la vida. Pero no es una figura escogida al azar, sino que Kyle llegó a convertirse La Leyenda, el francotirador más letal de la historia de Norteamérica. En esa misma comida que la familia Kyle protagoniza tras el episodio de bullying del hijo menor, el padre dice a sus hijos que “hay tres tipos de personas en el mundo: las ovejas, los lobos y los perros pastores”. Adivinar quién es quién en El Francotirador, biopic de Chris Kyle dirigido por Clint Eastwood, no es nada complicado.

La historia cinematográfica de Eastwood se nutre de la figura heroica – y estoica – masculina. Kyle, interpretado por Bradley Cooper, es la encarnación del héroe noble de firmes convicciones y encrucijadas éticas. Su origen texano le justifica amante de las armas de fuego, católico y fiel a la patria, pero sus andanzas en la guerra le suscitan reflexiones silenciosas sobre el papel que ocupa en Iraq y el que está descuidando en casa. Debajo de la ambigüedad que le otorga la ausencia de una crítica explícita, es innegable que Eastwood construye en El Francotirador un relato destinado a ensalzar la figura de este héroe de guerra, y lo hace en tres pasos. Primero, acerca al protagonista al espectador creándole conflictos internos a causa de sus asesinatos en la guerra, o lo que es lo mismo, lo humaniza. Esos valores ayudan a empatizar con una persona que pese a acarrear más de 150 muertes no deja de ser una persona con conflictos semejantes a los de los espectadores. Aquí entrevemos, aunque descafeinada, la figura clásica del anti-héroe íntegro y honesto de Eastwood (como era el protagonista de Gran Torino o el entrenador de Million Dollar Baby), que puede hacer algo deleznable después de protagonizar algo increíble. Al ser un biopic, El Francotirador no tiene esa construcción de personaje con la libertad que pudo hacerlo en otras de sus películas, pero indudablemente recoge su propio testigo y no abandona sus formas míticas.

En segundo lugar, en el relato no hay nada más allá de la vida y figura de Kyle. El contexto en el que se enmarca El Francotirador es un campo de minas, un terreno ideológico en el que posicionarse es muy fácil. Eastwood evita deliberadamente dar explicaciones sobre las actuaciones militares de Estados Unidos en la guerra de Iraq, así como también ignora el otro bando del conflicto. El único acercamiento que hay hacia los árabes es una familia que colabora con los militares, y es a cambio de dinero. En este sentido, podemos contraponer dos asesinos de los dos bandos, El Carnicero y La Leyenda. Sólo con los apodos ya sabemos a qué bando pertenece cada uno, y quién nos cuenta la historia. Si hay algo que brilla por su ausencia en la narrativa de la película es este tipo de crítica social. No obstante, sí está en algún momento en los personajes. El mismo Kyle se queja a su mujer, justo antes de que se ponga de parto en el coche, de que la población no habla de lo que pasa en la guerra, de que todos siguen con sus vidas sin más. No podemos afirmar que Clint Eastwood hable por la boca de su protagonista, pero esta es sin duda la única nota discordante en este film sospechosamente ambiguo que es El Francotirador, basado, por otra parte, en el libro autobiográfico escrito por Kyle y que comparte nombre con la película.

En tercer lugar, Eastwood define una puesta en escena sutil pero efectiva. Así, cada vez que Chris Kyle está a punto de tomar una decisión heroica, el zoom in contrapicado de la cámara se hace latente para elevar su presencia. Lo hace cuando está a punto de lanzar algunos de sus disparos maestros, o cuando se dispone a ir a Iraq tras ver imágenes de atentados terroristas en la televisión y pronunciar la frase “Mira lo que nos han hecho”. Unas pocas palabras que nos incluyen en su sentencia y buscan que su lucha sea la nuestra, enlazando así con ese carácter humanístico del que hablábamos antes. Además, la decisión de que podamos ver a través de la mira de su arma, en un plano subjetivo, nos hace empatizar con su tarea, hacernos cómplices de su disparo, mientras que el ruido atronador de las balas, que bien mereció un Oscar a Mejor Sonido, pretende hacernos sentir que salen de nuestro propio hombro.

Pero este rol de héroe que ensalza este mítico director no es el único que El Francotirador reproduce imitando formas clásicas. De hecho, el elenco del film parece sacado de un catálogo de personajes estándar liderado por la heroicidad del protagonista masculino principal. A su derecha, una mujer hermosa y sin oficio aparente, cuya única finalidad parece ser permanecer sola en casa con los niños. Antes de adoptar este papel de mater familias, fue, como no podía ser de otra manera, la mujer desvalida que necesita ser rescatada – en este caso, de su propia tristeza embriagada en un bar. A su izquierda, sus compañeros y amigos de guerra, aquellos que le acompañan en sus aventuras, con los que ríe y comparte momentos duros en el campo de batalla, y que rara vez llegan en su totalidad al final del viaje. Eastwood nos enseña el ambiente entre compañeros propio de las películas americanas sobre el ejército que ya veíamos en El sargento de hierro (Clint Eastwood, 1986). Por último, es importante en el film la figura del antagonista, representado por el francotirador del bando contrario. La búsqueda y captura de su antítesis será una de las motivaciones de Chris Kyle, por lo que la presencia de esta figura, más cercana al héroe protagonista de lo que parece a simple vista, es capital en la construcción de la historia épica. No en vano, cuando dispara por primera vez junto a su padre en una de las primeras escenas del film, éste le dice “un día serás un buen cazador”. Probablemente el padre no se refería a que cazaría árabes en Iraq, pero el vaticinio de su talento es claro.

En la que es probablemente la mejor escena de El Francotirador, una tormenta de arena cubre el campo de batalla en el que los militares estadounidenses se ven acorralados. Los refuerzos llegan para recoger a sus compañeros, y Kyle es el último de todos ellos. Entre la neblina producida por la arena apenas se distinguen los movimientos de La Leyenda corriendo con sus últimas fuerzas para conseguir saltar dentro del camión. Esa carrera a contrarreloj entre la vida y la muerte parece ser una encrucijada de las divagaciones existenciales que el protagonista se ha hecho durante toda su carrera militar, sobre si vale la pena seguir en su cruzada o tirar el arma al suelo y correr. Es este su primer momento claro y determinante de duda. Probablemente la primera vez en que Chris Kyle sintió que ya no era más un héroe.

La familia Kyle sigue sentada en el comedor. El sermón del padre toca su fin con una frase que acompaña poniendo su cinturón sobre la mesa, gesto que provoca la cara de sorpresa de su mujer y el sobresalto de los niños. “En esta familia no se crían ovejas”, advierte. En la de Clint Eastwood tampoco.

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