“Jauja”, ¿qué es lo que hace que la vida siga adelante?

Escena de "Jauja" | Micropsia
Escena de “Jauja” | Micropsia

“Jauja” es como esos visores turísticos que tanto estaban de moda hace años y que ahora parecen haber desaparecido en el tiempo. Lo es por varias razones, como esa habilidad de dejarnos inmersos en un lugar que no conocemos y que aunque está frente a nuestras narices no logramos alcanzar físicamente. Lo es por esa estética de imagen casi cuadrada – formato académico – y de esquinas redondeadas, propias de un retrato antiguo – o un filtro hipster – que acentúa la sensación de estar viendo algo tremendamente original. Por su apariencia poco funcional, pero maravillosamente poética

Patagonia, siglo XIX. Viggo Mortensen, como soldado danés alistado en el ejército argentino, emprende la búsqueda de su hija en el desierto, aquel del que le han dicho que nadie vuelve. Y así, tomando esta sabia decisión, se embarca en un viaje, por momentos onírico, que nos desvela la médula de “Jauja”: buscando lo que nos obsesiona, nos acabamos perdiendo, e incluso nos acabamos dañando a nosotros mismos. Así lo indica uno de los personajes al final del film, refiriéndose a uno de los perros que está cuidando. Pero, “¿Qué es lo que hace que la vida siga adelante?” se preguntan en la película. Y, guardando las distancias con la subjetividad y las interpretaciones personales, respondo: la esperanza de conseguir aquello que anhelamos. La expectativa. El paraíso prometido de Jauja. Pero cuanto más caminamos por las imágenes desérticas de “Jauja”, más nos damos cuenta de que los ideales mueren en nuestra imagen de paraíso terrenal, que las expectativas se ahogan poco a poco entre las miserias de las falsas garantías, y terminan muriendo, como nosotros, como la dignidad, como el perro de Ingeborg, en el fondo del pantano. Y este mazazo, sabido pero no aceptado, que te produce la película te deja por unos momentos incapaz de levantarte del asiento. 

Magistralmente indefensos

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Lisandro Alonso, director del film, nos mueve entre dos dimensiones, separadas por un abismo espacio-temporal, pero unidas por lazos libremente interpretados como sueños o promesas de felicidad frustradas. También por la joven Viilbjørk Malling – o Ingeborg – que sorprende por la seriedad de su semblante y la claridad de sus ojos. Ella, Mortensen y Alonso nos dejan magistralmente indefensos. Las espectaculares localizaciones y la impecable fotografía ayudan a crear un aura mágica que nos envuelve y nos atrapa sin remedio. A veces parece que somos ese soldadito de juguete que recorre las épocas y pasa de mano en mano, perdido entre el misterio de una historia incalificable. 

Si hay una cualidad destacable en “Jauja” es su capacidad para no dejarte indiferente. Da igual que no comprendas todos sus significados y dimensiones o que pienses que Viggo Mortensen da excesivas vueltas por la montañas perdidas de la Patagonia. Da igual. “Jauja” es sin duda una de las joyas del año, una de esas películas que vale la pena repensar para llegar a conclusiones dispares y autoconvencerte de que la vida, como este film, tiene un alto componente de (ir)racionalidad poética

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