“Ciutat morta”, el documental del que todo el mundo habla

Cuando no se puede tener voz por medio de la justicia, el cine se convierte en una plataforma para salir del desconocimiento social. Porque si hay alguna manera de definir el controvertido documental catalán “Ciutat Morta” es con una palabra: viral. Bajo títulos del tipo “¿Por qué no me he enterado yo de esto?”, han proliferado los artículos y comentarios por las redes sociales que nos hablaban de una polémica historia que parecía haber quedado olvidada, ignorada deliberadamente por las instituciones públicas y maltratada por los medios de comunicación. Unos sucesos conocidos como 4F, que acabó con numerosos traumas y un suicidio. “Ciutat morta” es la historia de una poeta, un relato sobre las negligencias del sistema, de injusticia e impotencia, de reivindicaciones frustradas contra una serie de sentencias injustificadas que acabaron con la vida de Patricia, y marcaron la de muchos más. Pero abstraerse de las emociones es de prudentes, y pese a la atractiva estética y virulenta empatía en los hechos narrados, reflexionemos sobre una perspectiva que puede pecar de maniquea.  

Patricia Heras | ara.cat
Patricia Heras | ara.cat

Los directores del film, Xapo Ortega y Xavier Artigas, lanzan un mensaje claro, más allá de querer recuperar del olvido unos hechos reales que parecen haberse difuminado en el tiempo. Un mensaje que nos remite a los cuerpos de seguridad, a la Guardia Urbana de Barcelona en concreto, protagonista – y responsable – ineludible de los hechos del 4F. “Ciutat morta” nos enseña un sistema de racismo, un servicio público basado en la violencia, en la falta de justificación de unas acciones que se llevan a cabo con total impunidad, y con entera disposición cómplice del sistema político y de comunicación. Nos habla además de los prejuicios contra el colectivo de okupas, contra la estética alternativa, marginada por estar fuera de los moldes. Pero también de los prejuicios sobre los extranjeros, y la violencia social hacia los propios barrios pobres de Barcelona, como vemos cuando incluyen el caso del Forat de la Vergonya. Nos dibuja todo un fresco de tendencias inconcebibles y preguntas sin resolver por parte de la administración pública que lleva a nuestra cabeza una duda deplorable: ¿La legitimación del sistema vale más que las vidas de los que lo integran? ¿Fueron los sucesos del 4F una gran mentira política para encubrir las torturas y mala praxis de los cuerpos de seguridad? Si bien la verdad absoluta no se esclarece, las numerosas declaraciones e indicios que el documental aporta apuntan a una respuesta lamentable.

Aun aceptando y compartiendo todo esto, después de la rabia e indignación que magistralmente nos hace alimentar durante sus dos horas, nos empezamos a cuestionar ciertas cosas. En primer lugar, la excesiva actitud sentenciadora, más cercana a un documento panfletario que a una creación cinematográfica. Si bien es cierto – como se indica al final – que la parte institucional a la que se acusa se ha negado a participar en el documental, la claridad con la que se delimita el bien y el mal es cuestionable. ¿Se puede censurar a todo un sistema por un caso concreto? ¿Se puede reducir a todo un colectivo, que pese a sus polémicas hace un servicio social, solamente por las equivocaciones de unos cuantos? Entonces, ¿no estamos en el mismo nivel de prejuicio que se proclama contra ellos? Ni quiero ni pretendo contestar a estas preguntas. Solo hacer constar que las generalizaciones nunca serán representantes de la justicia social. Lo que es cierto es que podemos extraer lecciones de esta película, tristemente basadas en el poco poder que tiene el pueblo contra las decisiones de sus gobernantes. Curioso cómo hemos perdido el control sobre nuestros propios destinos, si es que ese control lo tuvimos alguna vez.

Polémicas aparte, y este documental tiene de sobra, es innegable en “Ciutat morta” la calidad de la narración, la capacidad para combinar con emoción la poesía, la imagen y el realismo más cercano. Mantener en todo momento la sensación de ser parte de la historia, de ser uno más en la lucha. Imagen potente y fuerza visual, gracias a un montaje lleno de estampas que representan más de lo que son: la ventana de un suicidio, las caretas en una manifestación. Los elementos intangibles del film se unen con sentimientos reales que son capaces de traspasar la pantalla y llevarnos a la cabeza de Patricia, a la sombra de un caso archivado, pero que no se olvida.

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