“Mil veces buenas noches”: Juliette Binoche y sus múltiples conflictos existenciales

El director noruego Erik Poppe nos trae una película llena de conflictos, pero no solo bélicos, sino sobre todo conflictos morales, éticos y existenciales. “Mil veces buenas noches” es un relato sensible pero directo sobre las elecciones que hay que hacer en la vida, sobre la convivencia de vida profesional y personal, y sobre el papel de los (foto)periodistas en conflictos armados. 

Juliette Binoche en "Mil veces buenas noches" | Fuente: zoomenlinea.com
Juliette Binoche en “Mil veces buenas noches” | Fuente: zoomenlinea.com

Por un lado, “Mil veces buenas noches” hace una crítica al mundo en el que vivimos, un mundo acostumbrado a mirar hacia otro lado. Nos habla de “esos temas que no interesan”, porque hay intereses económicos y políticos, o porque nos sentimos atraídos por la comodidad de la distancia. Poppe reivindica así el trabajo de los fotógrafos como el modo de mostrar el horror a la gente que no puede verlo con sus propios ojos, esas catástrofes que se dan en aquel llamado “Tercer mundo” que se nos antoja tan lejano, pero que está más cerca de lo que algunos se empeñan en creer. ¿Pierde valor, pues, el trabajo de los (foto)periodistas? En alguna de las escenas, vemos que Rebecca (Juliette Binoche) consigue un cambio pequeño gracias a sus fotografías, pero no deja de ser una aspiración a un fin utópico y poco probable. Nos estamos insensibilizando ante la realidad.

Dentro de esta discreta crítica, Poppe nos abre un nuevo camino: ¿es ético que estos profesionales fotografíen situaciones desoladoras escudándose tras el objetivo de la cámara? Y es que no es la primera vez que vemos un caso de conflicto moral en este ámbito. Recordemos al fotógrafo Kevin Carter, que se suicidó después de ganar el Pulitzer por una fotografía de un niño africano acechado por un buitre. Algunas versiones apuntaron a la carga moral que sufrió durante años por no haber ayudado a aquel niño, creando, sea cierta o no esta causa de la muerte, una responsabilidad moral de los fotógrafos. La maestría de las imágenes que toman remueve conciencias, pero el trabajo de tomarlas, como se desprende de la película, puede resultar inmoral. 

Pero sin duda el conflicto más explotado en la película no es un mundo insensible o el duro pero necesario trabajo de los profesionales, sino el tener que elegir entre tu familia o la pasión de tu vida. Satisface ver cómo la sociedad avanza, y el cine con ella, y es la mujer, y no el marido, la que se ve abocada a esta elección. Rebecca es un imán para las situaciones peligrosas, y eso es algo que no compagina con sus dos hijas y su pareja (Nikolaj Coster-Waldau), que la pondrá entre la espada y la pared. Lo que nos muestra esta película por encima de todo es este ultimátum constante. Poppe aporta sencillez a este relato de múltiples debates en los que reflexionar y firma una película que se deja ver.  

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