“Fahrenheit 451”, recordando a Ray Bradbury dos años después de su muerte

Aún recuerdo aquel excéntrico camión rojo avanzando. La música vaticinaba una situación de conflicto, una misión por cumplir. Y es que los bomberos de “Fahrenheit 451” no extinguían incendios, sino que los provocaban. Y no los provocaban porque sí, pues tenían una tarea muy superior: hacer desaparecer todos y cada uno de los libros que encontraran. Bajo esta premisa se desarrolla una de las historias más sonadas del escritor Ray Bradbury, fallecido ahora dos años atrás. Con la adaptación cinematográfica de François Truffaut de 1966 recordamos a este autor tan imprescindible en el género de ciencia ficción.

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Oskar Werner y Julie Christie en “Fahrenheit 451”

“Era un placer quemar”, decía Montag, protagonista de la historia. En efecto, los bomberos futuristas de Bradbury debían sentir placer al deshacerse de esos trastos inútiles que solo contribuían a la insociabilidad y a la distracción de asuntos más importantes. Esas letras son peligrosas, pues abren la puerta a nuevos pensamientos, a nuevas perspectivas. La cultura se considera un peligro para la sociedad moderna. Por eso deben arder todos los libros, a esa temperatura de Fahrenheit 451 que tan orgullosamente lucen los bomberos en sus uniformes. Pero esa falta de carácter social que dicen desperdiciar leyendo es la que desaparece totalmente a raíz de la televisión. Esas ansias humanas de sentirnos parte de algo, de un todo superior, lleva a los personajes a convivir con unas pantallas que no abandonan en todo el día. Nada más lejos de la actualidad. 

Hace ya 61 años de la publicación de la primera edición de esta novela, pero su crítica está más viva que nunca. Nuestro fuego es la indiferencia y la desgana, quemamos la cultura con ignorancia y nos felicitamos por nuestro civismo. Por suerte, al igual que la resistencia de “Fahrenheit 451” y su técnica de memorización, los libros están presentes y no han perdido prestigio. No obstante, la televisión le ha comido el terreno a la lectura de manera apabullante, convirtiéndose en el mayor divertimento de la población. Una televisión que nos aísla los sentidos y nos evita una mirada crítica a la sociedad, del mismo modo que nos aleja de una cultura plural y libre de banalidad. Las autoridades de la historia, los respetados bomberos, simbolizan el poder opresor del intelecto, las garantías que a los poderosos les gustaría tener para mantener a raya las ideas revolucionarias y minimizar el descontento de una sociedad con carencias importantes. El despertar interno de Montag gracias a una joven con demasiadas preguntas provocará un giro en su vida de bombero quemalibros. Ella es la chispa que enciende “Fahrenheit 451”.

Truffaut, uno de los grandes impulsores de la Nouvelle Vague francesa, llevó a la gran pantalla esta historia en el año 1966. Protagonizada por Oskar Werner y Julie Christie, el film guarda la esencia de un relato singular, fiel al estilo del director y con una estética futurista muy sobria. La cámara acompaña a los libros en todo momento, pues ellos son los protagonistas, los perseguidos y los anhelados. 

Hoy se cumplen dos años del fallecimiento de un gran escritor y crítico, alguien que nos hizo reflexionar sobre una sociedad del ocio y la trivialidad que se nos venía encima sin darnos cuenta, y que hoy está patente. Ray Bradbury inspiró a Truffaut, y ambos nos han inspirado a todos. 

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